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  comunicación y estrategia política

Kill the Messenger: Donald Trump y la falacia ad hominem en el discurso político

Kill the Messenger: Donald Trump y la falacia ad hominem en el discurso político

Desde sus primeros gateos en la política, Donald Trump dejó clara su inclinación hacia el insulto como base para su campaña. Fue ridiculizado por los medios de comunicación, por las élites intelectuales y por todos los funcionarios electos a nivel internacional. No hizo más que arrancar la primaria del Partido Republicano y el candidato atípico hizo despliegue de su irreverencia.

Sin importar el escenario ni sus contrincantes, Trump descartó cualquier tipo de debate con sustancia para enfocarse en lo banal: la estatura, el cabello, el género, en fin, todo aquello que está prohibido en las reglas no escritas de las campañas y la comunicación política. No obstante, la estrategia dio resultados. No fue algo gradual, sino instantáneo; en cuestión de semanas, la diatriba del republicano no solo desató una vorágine mediática, sino que, a paso acelerado, iba ganando la simpatía de quienes estaban hartos del prototipo del político guiado por la palabrería y el protocolo.

Una vez descubrió que podía solidificar su marca política destruyendo el carácter de sus oponentes, Trump se hizo adicto al insulto. Con cada rumor sin verificar y cada exageración infundada, el portavoz del MAGA distorsionó la opinión pública para acomodarla a su narrativa personalista y anular todo debate acerca de las ideas y las propuestas. Aunque son muchos los que creen que Trump inventó el estilo de atacar al rival en lugar del argumento, la realidad es que se trata de una figura retórica que se remonta a los inicios del discurso persuasivo: la falacia ad hominem.

La historia reconoce que esta herramienta de debate se conocía como “argumentum ex concessis” (argumento concedido), hasta que el filósofo John Locke la rebautizó como “ad hominem” (contra el sujeto). Basada en un análisis deductivo, esta falacia consiste en descalificar el argumento por la persona en vez de por su veracidad. En síntesis, asesinar al mensajero en lugar de debatir los méritos de sus ideas.

Aplicada al discurso político, la falacia ad hominem seguiría el siguiente modelo:

Político afirma X

Político no es confiable

Por tanto, X es falso

Por la naturaleza de esta falacia nadie debe sorprenderse por el éxito que tuvo Donald Trump al convertirla en su arma predilecta, ya que se fundamenta en una técnica que se presta perfectamente para apelar a la emoción del votante fanático que no quiere ver más allá de la superficialidad de su candidato. Su equipo de campaña sabía que la mejor manera de mantener a sus seguidores motivados era generando constantemente nuevos ataques para lacerar la reputación de todo detractor y alimentar la maquinaria de electores que exigía morbo para saciarse en ruta hacia las urnas. La falacia ad hominem demostró ser el producto ideal para suplir la demanda de los sectores disgustados e inconformes con la política tradicional.

Donald Trump no ha sido el primero, ni será el último candidato en valerse de esta herramienta retórica para adelantar su causa. Todo aquel político que procure crear un microcosmos para fabricar una realidad alterna fundamentada descalificar a su adversario por asuntos personales tendrá esta falacia a su disposición, lista para dispersarse entre la masa electoral desesperada por obtener validación ideológica.

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